domingo, 8 de febrero de 2015

MORIR CASI DE FRIO







Cuanto frío pueden pasar unos críos en el crudo invierno de Madrid cuando no hay nada para calentarse.
El carbón era carísimo, las astillas para prender la lumbre mojadas, y los recursos para las gentes que vivían en los cincuenta muy limitados.
Carbón, era la pesadilla en el invierno, carbón que arda y caliente los huesos helados hasta los tuétanos.

No había con que calentarse, lo mejor salir a la calle y correr, jugar al rescate, tu la llevas, el escondite a llamar a las puertas, policías y ladrones, de esta forma se pasaban las horas sin pensar en el frío, el hambre o las privaciones.

Chicos y chicas menores de once o doce años pasaban su tiempo libre en la calle, saltando, chillando, jugando. El frio y el mal humor quedaban encerrados en las casas donde las madres se lamentaban de la escasez.

Dentro de las casas, salvo en la cocina, el frío era espantoso y los sabañones en los pies o manos era la norma general.
Como picaban y dolían por mucho que las madres se afanaran tejiendo jersey y calcetines de lana para marido e hijos.
Manos agrietadas del agua fría, costras que dolían cantidad y ninguna crema para aliviar las molestias.




Inviernos de Madrid años cuarenta y cincuenta, cuanto duraban, interminables, cuando vendrá el buen tiempo se escuchaba de continuo comentar en las tiendas o puestos callejeros.


Las cerilleras que vendían tabaco y caramelos sentadas en unas sillas de madera en mitad de la calle tiritaban de frio bajo capas y capas de ropa y algunas mantas raídas.

Los chavales cuando conseguían alguna "perra chica o gorda", cinco o diez céntimos de peseta, corrían a comprar alguna golosina, un chicle, diez de pipas o algún cigarrillo los mayores que se fumaban a escondidas de los mayores.
Que pensarían estas mujeres inmóviles durante horas, sentadas a ambos lados de la calle próximas a algún cine, peleando con los críos que trataban de sisarles algún caramelo o chicle a poco que se descuidaran.
En un pequeño cesto depositaban su mercancía y así vendiendo chucherías sacarían algunos céntimos de ganancia para ir mal viviendo.

En algún otro puesto se cambiaban tebeos o novelas baratas a los muchachos que con diez céntimos de peseta conseguían cambiar algún tebeo con el que pasar la tarde, y una vez leído a cambiarlo con algún otro crio que hubiera renovado su colección por el mismo procedimiento.

El problema era siempre donde encontrar una "perra gorda" (los diez céntimos) y así completar una tarde de sábado o domingo.

Nada calmaba el frío, nada aliviaban los sabañones, picaban y dolían a rabiar.

¿Qué hacer?.
Aguantar, simplemente aguantar y no quejarse pues lo último era siempre cabrear a los mayores.

Frío en la casa, frío en el colegio, frío a veces en la calle que se combatía corriendo y jugando.
¿Qué nos quedaba?.

El cine, las salas de sesión continua, todos apiñados hasta la primera fila recibiendo y dando calor humano e incluso con suerte con la calefacción encendida.
Suficiente para sentirse en la gloria y repetir las películas una y otra vez en sesiones interminables de cinco horas.





Cine, cine, cine, mas cine por favor como cantaba Luis Eduardo Aute en años posteriores.

Mas cine, todo lo que el cuerpo y la mente aguantaran con tal de estar calientes y a salvo.


emi


 

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